Desarrollo Personal

La Voluntad

 

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Si la batalla del orden se aplaza y no se da en los primeros años de la vida, su recuperación va a costar bastante trabajo. Y sin esta base o rampa de lanzamiento, otros valores va a costar mucho que se inscriban en el comportamiento habitual.

   Quien tiene una buena educación de la voluntad, ha trabajado a fondo en el orden y la constancia. Y ha sido capaz de ir dando pequeños pasos hacia delante, en unos venciendo y siendo vencido en otros. Los primeros estímulos son recibidos del ambiente familiar, siempre que éste tenga un cierto equilibrio psicológico y los padres sepan ir por delante, abriendo camino. Es decisivo saber motivar. Ahí se encierra buena parte de la psicología que deben éstos emplear en todo lo que antecede. Se juega con ellos para que sean ordenados, costándoles poco esfuerzo. Así se va adquiriendo el hábito: con la repetición de actos en esa línea. De ahí que jugar en familia es tan importante: se crean lazos de amistad, se liman las diferencias de autoridad sin rebajarlas de nivel, se ríe con ellos, aprender el valor de saber perder con elegancia. Se adquiere el valor de saber ceder... en definitiva, el valor pedagógico del juego entre padres e hijos es una verdadera escuela, donde se pueden aprender muchas cosas positivas. Ahí nace una convivencia más directa entre todos y cada uno va dejando clara su personalidad, su estilo propio y peculiar de ser. Y a la par, uno puede ser ayudado a corregir aspectos de su conducta.

Los principales efectos del orden voy a resumirlos en los siguientes apartados:

1. Paz exterior e interior. La primera es tranquilidad; la segunda, serenidad. Entre ellas hay lazos y regiones comunes, en donde están implicadas una y otra. Uno sabe dónde están las cosas por fuera y cómo se deben agrupar los hechos por dentro. Hay armonía, equilibrio, conexión dentro de una estructura amplia. Uno está en la realidad, con los pies en la tierra, sin querer demasiadas cosas y sin pretender imposibles.

2. Alegría. Pienso que orden y alegría forman un binomio con lazos muy entrecruzados. La alegría es un resultado: es la consecuencia de un tipo de vida coherente, realista y con un buen nivel de exigencia, que busca la meta por encima de los avatares y contingencias. Uno se desvive por hacerse persona, por mejorar en puntos concretos y esto, a la larga, desprende una satisfacción interior gozosa. Entonces, cuando se ven los logros, el desenlace de esos esfuerzos trabajosos, se capta la trascendencia que tiene lo ordinario y el buen rendimiento que produce. La alegría es la recompensa del esfuerzo perseverante. La vida merece la pena cuando hay retos, grandes desafíos, rebeldías nobles que llevan a apostar por atreverse uno a ser lo mejor posible.

   Todo esto choca frontalmente en la sociedad hedonista de nuestros días. Porque es una reñida pelea que hay que mantener con uno mismo, para no dejarse vencer y para adquirir los valores del guerrero: ganas de pelear, capacidad de entrega, no darse por vencido e insistir sin desaliento. Por ahí la vida humana cobra su más genuino sentido.

   Dice Julián Marías que «desvivirse es la forma suprema del interés; pero, ¿qué es el interés mas que inter esse, estar entre las cosas? Cuando nos interesamos es que estamos ahí, con las cosas, desviviéndonos. Y vivir es estar entre las cosas que nos rodean y solicitan, en nuestra circunstancia». La alegría es al mismo tiempo afirmación de resultados positivos y negación para disciplinarnos en los objetivos trazados. El que es demasiado blando consigo mismo, se ha ido haciendo a base de cesiones en cosas quizá no muy significativas, pero que a la larga lo desentrenan el trabajo de brega.

3. Eficacia. Todo se torna más sencillo y operativo, descansando sobre una sistemática más racional y mejor estructurada. El saber sí ocupa lugar y hay que conseguirlo a base de orden. El tiempo se dilata y ensancha cuando el orden preside.

Enrique Rojas
 

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