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Soy María de Mar, tengo diecisiete años y estudio 3º de BUP. Como esta
sección es de padres e hijos y buena parte de los problemas que tengo conmigo
misma, con mis padres y hasta con los demás, se deben normalmente a que me quedo
siempre en las buenas intenciones, porque lo que prometo casi nunca lo cumplo,
me atrevo a pedirle que nos dé algunas recomendaciones o consejos para que
aprendamos a convertir en realidad nuestras promesas - me escriben -. Debo
decirle que en casa es costumbre, a primeros de año, hacer algún propósito;
todos prometemos algo y por lo general, no lo cumplimos. Así que opino que a
todos nos vendría bien conocer algún secreto o fórmula eficaz que nos permita
cumplir lo que prometemos.
Probablemente, el dicho secular Año nuevo vida nueva está ya impreso en nuestra
mente de forma indeleble y, casi de forma automática, el comienzo de un nuevo
año nos invita a pensar y a reflexionar sobre nuestro pasado más inmediato para
recordar con gozo los momentos especialmente singulares, felices, alegres v de
éxito, pero también para analizar detenidamente nuestros fallos v fracasos y
esos otros momentos verdaderamente lamentables en los que, por nuestra falta de
tacto, de responsabilidad, de prudencia o espíritu de superación las cosas nos
salieron bastante mal. Quiero decir que es algo casi connatural al ser humano
evaluar su pasado inmediato y hacer planes para el futuro. Precisamente lo que
me pide María del Mar es que diseñe un programa de actuación para que los
planes, los propósitos y las buenas promesas que hacemos estos primeros días del
nuevo año lleguen a convertirse en realidad. Ahí van los puntos claves o el
camino a seguir para que un buen propósito se cumpla.
Debemos proponernos algo muy concreto y específico. Veamos un ejemplo de un
propósito especificado por escrito como verdadero compromiso serio y firme.
Supongamos que la asignatura de Matemáticas te crea problemas porque jamás la
has estudiado con gusto. Hay cosas que no sabes o las sabes sólo a medias.
Decides poner remedio a este problema de una vez por todas. Así lo formularías:
<<No descansaré hasta tener la certeza de que domino las Matemáticas tan bien
como mis compañeros más brillantes>>. Éste sí es un compromiso firme.
Debes reflexionar sobre las ventajas y beneficios que te reportará cumplir
fielmente lo prometido. Supongamos que el propósito es convertirte en una
persona más positiva y para ello vas a emplear la estrategia de intentar
descubrir todo lo bueno de tus semejantes y de ti mismo. Supongamos que tu
objetivo es aprender a vivir el presente y no permitir que lo negativo del
pasado te afecte ni que te angustie la incertidumbre del futuro. Como
estrategia, este año te vas a dedicar a vivir plenamente el presente, el día que
amanece y que está en tus manos convertirlo en veinticuatro horas de realidad
positiva. Tienes que prever todas las dificultades, sorpresas, problemas y
obstáculos que puedan surgir y malograr tus propósitos. Has de ensayar las
respuestas y soluciones eficaces que piensas aportar.
Establece el plan concreto de acción eficaz. Por ejemplo, en el caso de las
Matemáticas tendrás que poner la máxima atención en aquellos temas y contenidos
que no comprendes, que dominas a medias o que jamás has visto y que debes
empezar a estudiar con tesón desde el principio. También debes determinar quién
será tu profesor o hará sus veces, te explicará los temas más difíciles y velará
porque los aprendas perfectamente. Asimismo, debes fijar los días de la semana y
las horas diarias que emplearás aproximadamente hasta lograr tus objetivos.
Visualízate, trata de verte a ti mismo como alguien que, por fin, ha conseguido
su propósito. Date ánimos y adopta la actitud positiva y de esperanza de quien
ya ha llegado a la meta.
Tus buenos propósitos deben ser conocidos por personas muy cercanas, familiares
o amigos, que te recuerden frecuentemente que no hay disculpas posibles para
dejar de hacer lo que prometiste salvo por motivos de salud. Es humano empezar
con euforia y, pasados los primeros días y semanas, comenzar a flaquear. Esta es
la razón por la que nos ayuda a mantenernos firmes en lo que prometemos el hecho
de que lo conozcan y nos lo recuerden las personas que nos aprecian y
consideran.
Las promesas deben afirmarse y dejarse por escrito, así como la observación
clara de que no se permitirán excusas de ningún tipo. Da igual que se trate de
aprobar las Matemáticas o que te hagas responsable del orden y de la limpieza de
tu habitación. Es el momento de recordar aquellas falsas excusas con las que
tantas veces te engañaste y que fueron la verdadera carcoma de esas buenas
promesas que nunca se hicieron realidad.
Evalúa los resultados que vayas obteniendo. Ayuda muchísimo comprobar cómo cada
día estás más cerca del objetivo marcado, sigues siendo fiel a ti mismo y
aumenta tu autoconfianza...
Te sugiero que el sábado o el domingo mantengas una animada conversación contigo
misma para recordar uno por uno todos los puntos que acabamos de ver sobre sobre
los buenos propósitos y la manera de convertirlos en realidad. Puedes
confeccionarte una cuadrícula en la que aparezcan todos los días de la semana y
la puntuación que te das a ti misma de uno a diez.
Felicítate por ser constante, por seguir en la brecha y por todos los esfuerzos
que realizas en pro de tu objetivo. Recuerda que todo depende de ti y de los
ánimos constantes que te proporciones como la mejor amiga que debes ser de ti
misma.
Bernabé Tierno / El Semanal, 7 enero 1996
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