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Voy a proponerles un pequeño test. En un periódico de Madrid se da la noticia de
los actos vandálicos cometidos por jóvenes en Francia: coches quemados y
destrozos en los Campos Elíseos. Al analizar las posibles causas, se hace esta
descripción tipo de la familia a la que esos jóvenes violentos pertenecen. Lean
ustedes con atención, por favor.
“La estampa familiar de muchos delincuentes juveniles la componen un padre en
paro o con un trabajo precario, una madre ausente del hogar que trabaja en casas
ajenas y los hijos libres de tutela que practican a fondo el absentismo escolar
y matan las horas ante la televisión o en la calle”.
Aparte de la escasez de comas, ¿qué les llama a ustedes la atención? Según está
expresado, se deduce como causa posible del descarrío juvenil la carencia de
tutela de los chicos. Y esta carencia procede a su vez de dos situaciones
desgraciadas: la falta o la precariedad del trabajo del padre y... la madre
ausente. Es decir, que cuando el padre no trabaja, el hecho de que la madre lo
haga y mantenga con su esfuerzo a la familia, en lugar de resultar un hecho
favorecible o atenuador de la desgracia familiar, más bien parece que la agrave.
Me pregunto qué dicen las estadísticas de las familias en las que el padre está
en el paro y la madre en casa: ¿de qué viven?, ¿son más felices?, ¿menos
violentos los hijos? Cuando el padre está en el paro, la madre suele recurrir a
ese trabajo en “casas ajenas”, al que sin duda tiene que dedicar muchas horas
para conseguir un jornal suficiente. Es lógico que no pueda ocuparse como antes
de su propia casa y de la atención a su familia. ¿Por qué no se ocupa el padre
parado de la atención a los hijos y de los elementales trabajos del hogar?, ¿por
qué la actividad laboral de la madre, que podría ser la tabla de salvación de la
familia, se convierte en una causa más de desorden? Mi respuesta es: Porque
todavía no hemos cambiado en nuestras cabezas el viejo esquema de: “El hombre en
el trabajo y la mujer en casa”. Todavía mucha gente encuentra normal que el
hombre trabaje para mantener la familia y que la mujer se ocupe exclusivamente
del hogar. Si ese esquema se rompe no hay solución de recambio. El hombre
mantenido es un desgraciado o un vago. Este esquema está tan arraigado en la
sociedad que todos los miembros de la familia padecen sus consecuencias: el
padre se desprecia a sí mismo por no ser capaz de ejercer el papel “de hombre”,
y esa falta de estima se manifiesta siempre negativamente: depresión,
resentimiento y violencia, que ejerce sobre quienes tiene más a mano.
Tampoco los otros miembros de la familia están libres de prejuicios: la mujer
que mantiene a su marido suele moverse entre la compasión y el desdén. Se acepta
como situación de emergencia, pero el peso de los propios prejuicios se une
enseguida el de la repulsa social al hombre que no trabaja. En cuanto a los
hijos, son los más vulnerables a los prejuicios: ni su padre ni su madre
responden a los esquemas respetados por la sociedad, por tanto él no los
respeta.
La verdad es que “un ángel del hogar” es necesario. Alguien en la familia, sea
de la clase social que sea, ha de ocuparse de que la casa funcione y de atender
a los hijos. Pero es fundamental recordar que los ángeles no tienen sexo y que
el ángel del hogar no tiene que ser necesariamente la mujer. Lo idóneo sería que
los dos miembros de la pareja se turnasen en la tarea. En una familia en que la
madre trabaja, el padre en paro puede muy bien ser esa persona que habla con los
chicos, que los acompaña al colegio, que les ayuda con los deberes. Y que tiene
hecha una tortilla de patata o una paella para tomársela todos juntos cuando la
mujer que trabaja vuelve a casa.
Esa labor ha dejado de ser patrimonio femenino. Las mujeres no quieren, o no
pueden como en el caso que comento, ejercer esa tutela que las vincula
exclusivamente al hogar y a los hijos. La sociedad ha de entenderlo así y
respetar al hombre que toma el relevo, al hombre que por necesidad o por gusto
se queda en casa y se ocupa de que sus chicos no se dediquen a quemar coches y
destrozar jardines. Y cuanto antes empecemos a cambiar el viejo chip, mejor.
Marina Mayoral .
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