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El Orgullo

 

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La exageración del amor propio, la soberbia, no siempre se presenta con un mismo carácter. En los hombres de temple fuerte y entendimiento sagaz, es orgullo; en los flojos y poco avisados, es vanidad. Ambos tienen un mismo objeto, pero emplean medios diferentes. El orgullo sin vanidad tiene la hipocresía de la virtud; el vanidoso tiene la franqueza de su debilidad. Lisonjead al orgulloso, y rechazará la lisonja, temeroso de dañar a su reputación haciéndose ridículo; de él se ha dicho, con mucha verdad, que es demasiado orgulloso para ser vano. En el fondo de su corazón siente viva complacencia en la alabanza; pero sabe muy bien que éste es un incienso honroso mientras el ídolo no manifieste deleitarse en el perfume; por eso no os pondrá jamás el incienso en la mano, ni consentirá que les hagáis ondular demasiado cerca. Es un dios a quien agrada un templo magnífico y un culto esplendoroso; pero manteniéndose el ídolo escondido en la misteriosa oscuridad del santuario.

Esto probablemente es más culpable a los ojos de Dios, pero no atrae con tanta frecuencia el ridículo de los hombres. Con tanta frecuencia, digo, porque difícilmente se alberga en el corazón el orgullo sin que, a pesar de todas las preocupaciones, degenere en vanidad. Aquella violencia no puede ser duradera; la ficción no es para continuarla por mucho tiempo. Saborearse en la alabanza y mostrar desdén hacia ella; proponerse por objeto principal el placer de la gloria, y aparentar que no se piensa en ella, es demasiado fingir para que al través de los demás tupidos velos no se descubra la verdad. El orgullo a quien antes he descrito no podía llamarse apropiadamente vano, y no obstante, su conducta inspiraba algo peor que la vanidad misma. Sobre la indignación provocaba También la burla.

El Criterio.- Jaime Balmes (filósofo español 1810-1848).- El Raciocinio, Capítulo XV.
 

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