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La exageración del amor propio, la soberbia, no siempre se presenta con un mismo
carácter. En los hombres de temple fuerte y entendimiento sagaz, es orgullo; en
los flojos y poco avisados, es vanidad. Ambos tienen un mismo objeto, pero
emplean medios diferentes. El orgullo sin vanidad tiene la hipocresía de la
virtud; el vanidoso tiene la franqueza de su debilidad. Lisonjead al orgulloso,
y rechazará la lisonja, temeroso de dañar a su reputación haciéndose ridículo;
de él se ha dicho, con mucha verdad, que es demasiado orgulloso para ser vano.
En el fondo de su corazón siente viva complacencia en la alabanza; pero sabe muy
bien que éste es un incienso honroso mientras el ídolo no manifieste deleitarse
en el perfume; por eso no os pondrá jamás el incienso en la mano, ni consentirá
que les hagáis ondular demasiado cerca. Es un dios a quien agrada un templo
magnífico y un culto esplendoroso; pero manteniéndose el ídolo escondido en la
misteriosa oscuridad del santuario. El Criterio.- Jaime Balmes (filósofo español 1810-1848).- El Raciocinio,
Capítulo XV. |
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