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“Soy profesor de Ética y el motivo de mi carta es pedirle su opinión sobre un problema del que jamás he leído nunca nada, como si fuera un tema ya resuelto o tabú. Me refiero a las responsabilidades de mujeres y hombres a la hora de enfrentar gastos comunes. La cultura tradicional dejaba las tareas domésticas al sexo femenino y ganar para el sustento, al sexo masculino. Veo que la mujer lucha por la igualdad en realizar las tareas domésticas, pero no veo ninguna lucha por su parte en la igualdad también a la hora de aportar los ingresos económicos. Vea mi caso. Hace siete años me casé y, como mi esposa no aportaba ingresos, yo corría con todos los gastos. Empezó mi mujer a progresar en su trabajo hasta ganar más que yo, pero entonces ya no quiso compartir equitativamente los gastos, por haber sido educada en que eso era obligación del varón, pero sí me exigía compartir por igual las tareas domésticas. Hace tres años me separé y el tribunal eclesiástico dio por buenas las acusaciones de mi esposa y de su familia sobre mi egoísmo y tacañería por pedirle colaboración en los gastos del hogar ¿Cómo creer en el amor, afecto y compañerismo de alguien que confunde matrimonio con negocio?” Si las cosas son tal como las describe en su carta, pienso que la inmensa mayoría de los lectores creerán que la igualdad auténtica en el matrimonio consiste en asumir por igual derechos y deberes y que no es de recibo que cuando su esposa empezó a ganar más que usted, se negara a colaborar en los gastos del hogar aportando sus ingresos, muchos o pocos, como usted lo venía haciendo, además de colaborar en las tareas domésticas. Por otra parte, creo que es obvio que no es necesario ni comentar que si lo que prima en las relaciones entre un hombre y una mujer que forman un hogar, es intentar sacar tajada y disfrutar unas condiciones ventajosas en lo económico respecto del otro cónyuge, estaríamos hablando de cualquier cosa menos de sincero afecto y mucho menos de verdadero amor. Mi opinión al respecto es que cuanto se lleva al matrimonio, cuanto aportan los cónyuges, sea dinero o propiedades, se debe compartir por igual y otro tanto debe ocurrir con los ingresos de todo tipo que se obtengan. Todo debe ser para los dos y disfrutarlo por igual, sin que el que haya aportado o esté aportando una cantidad económica mayor pretenda privilegios o reconocimientos especiales. Mientras dure una relación conyugal (ojalá sea toda la vida) lo económico no debe interferir jamás en lo afectivo y debe crearse un clima de generosidad mutua, de compartir todo, lo que uno es y tiene, con la persona amada. Por otra parte, veo bastante lógico que muchas mujeres estén un tanto mosqueadas a la hora de abordar estos temas porque todavía hay hombres que no valoran las labores del hogar que realizan sus esposas y por las que no reciben un duro, como el trabajo profesional que ellos realizan y del que perciben su salario. Quiero decir que el trabajo que lleva a cabo la mujer en e1 hogar, la plena dedicación a los hijos, y estar siempre atenta a los estudios, a la salud de éstos y a 1a del esposo, lavar la ropa, hacer 1a compra. planchar, preparar la comida, hacer de economista y de chica de los recados es un trabajo imprescindible que muchos no v a1oran ni reconocen. No es su caso, pero reconocerá conmigo que aún quedan esposos de mente estrecha que infravaloran a la mujer y no reconocen ni su esfuerzo, ni su entrega, ni la plena dedicación al hogar cuando les oigo expresiones como: «Quien les da de comer soy yo». «Aquí el currante, el único que trabaja soy yo». A quienes defienden la separación de bienes, les respeto, pero no comparto este hecho, si uno de los cónyuges, como sucede en varios casos que conozco, queda tan pobre como empezó hace veinticinco años de matrimonio. Me estoy refiriendo a un caso concreto de una mujer que a los 53 años, el marido la abandona y como la casa era del suegro y ella no ahorró un duro para sí, pues siempre fue ama de casa y sin sueldo, ahora no tiene más bienes que ella misma y su ropa. Esto me parece tremendamente injusto y hasta inhumano. En definitiva, aunque en el caso que nos ocupa parece claro que la esposa confunde matrimonio con negocio, no se puede generalizar y lo más razonable y conveniente es que en el matrimonio se cumpla a la perfección la verdadera igualdad de derechos y deberes y entre marido y mujer que comparten su amor deben compartir todo. PADRES E HIJOS / BERNABÉ TIERNO /
El Semanal 26.5.1996 |
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