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Desde hace algunos años utilizamos sus libros y especialmente esta sección de El
Semanal como material muy valioso para nuestra Escuela de Padres. Las personas
que coordinamos las actividades nos encontramos a veces un tanto descolocados
cuando se nos presentan ciertos temas. Éste es el motivo por el cual le pedimos
tenga a bien orientarnos y darnos algún remedio para protegernos de las
maldades, insidias. desprecios, descalificaciones, habladurías y hasta falsos
testimonios de vecino, compañeros de estudio o de trabajo y hasta de familiares.
¿Cuál es la actitud más inteligente? ¿Cómo enseñar a nuestros hijos a protegerse
de las maldades ajenas?
Quiero decir en primer lugar que estoy verdaderamente perplejo en
estos momentos porque éste era un tema que pretendía abordar en breve, ya que se
me ha planteado en varias ocasiones. Lo cierto es que hace años llegué a la
firme convicción de que las personas que de manera consciente y premeditada
causan o pretenden causar daños a sus semejantes, se comportan de la manera más
necia y estúpida que uno podría imaginas. La más grave y triste desgracia del
malvado, del que disfruta haciendo el mal, es que parece rematadamente tonto,
por más que vaya por ahí alardeando de listo.
La fórmula infalible que les ofrezco para protegerse de las
maldades de nuestros semejantes es una primicia que deseo dar a tantas personas
que en estos momentos no saben cómo inmunizarse, cómo protegerse de las insidias
de maledicentes, envidiosos y arruinavidas.
Si tienes noticia de que alguien en concreto se dedica a hablar mal
de ti a diestra y siniestra, que te descalifica, juzga y condena, que siempre
encuentra un momento y un 1ugar propicio para dejarte mal ante los demás y que
llega incluso a levantar falsos testimonios, no encontrarás un remedio más
eficaz que hablar directamente con esta persona y decirle lo siguiente: «Estoy
convencido de que debo ser alguien muy importante para ti y merecedor de todas
tus atenciones, cuando eres capaz de dedicar nada menos que tu valioso tiempo,
casi tu vida, a hacerme daño». Puedes seguir apoyando tu tesis y decirle que,
por paradójico que pueda parecerle, con su actitud, perdiendo su tiempo en urdir
maldades para contigo, te está levantado un monumento en su propia mente.
No sé que opinarán de este razonamiento, pero a mí me ha ayudado
muchísimo a no albergar resentimiento y a perdonar, a caer en la cuenta de que
bastante desgracia tiene ya quien comete la solemne e inexplicable estupidez de
malgastar su inteligencia, su tiempo y parte de su preciosa vida en hacer daño a
otras personas.
Con esta visión, creo que bastante sabia, de afrontar y encarar las
descalificaciones, habladurías y despropósitos de quien pretende nuestra
desgracia, no sólo nos protegemos de sus maldades y las descargamos de su veneno
mortífero con este antídoto infalible, sino que además nos damos paz y
tranquilidad a nosotros mismos, nos movemos a la compasión del ofensor y
extinguimos en alguna medida su aviesa tendencia a infligir penas, daños y
detrimentos a los demás. Es más, seguramente le llevamos a la reflexión final de
que persistir en semejante actitud, si es medianamente inteligente, no le va a
resultar nunca positivo.
¿Por qué? Por dos razones ya apuntadas, pero que deseo recalcar de
nuevo. La primera, porque ni siquiera logra su objetivo principal, que no es
otro que hacernos sentir mal con sus ofensas, ya que al dilapidar lo más valioso
que tiene, que es su tiempo, en urdir maldades, nos da mayor importancia y
relevancia, nos hace el honor de ser una de sus obsesiones preferidas.
La segunda, porque sin pretenderlo directamente se convierte en un
pobre y primario bobo integral ya que se hace daño y se priva a sí mismo de
emplear la maravilla de su vida y de su tiempo en ser feliz, en vivir y
disfrutar de lo cotidiano y en lograr objetivos más dignos, nobles y rentables
que el de hacer daño a otros seres humanos.
Si por esas casualidades de la vida, esta página cayera en manos de
algunas de esas personas cuyo proyecto de vida es llevar a cabo la tarea de
sembrar el mal por donde quiera que va, dañar física o moralmente a otros, en
una palabra, despellejar al prójimo, yo le invitaría a que me diera solamente
una razón convincente e inteligente que explicara su conducta.
No la va a encontrar porque hacer el mal, sea cual fuere la forma,
el lugar, el tiempo o la persona a quien se le causa, es la más solemne
estupidez. En el fondo, la última y más profunda razón de quien daña a sus
semejantes no sería otra que la falta de verdadera inteligencia.
PADRES E HIJOS / BERNABÉ TIERNO / El Semanal
9-6-1996
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