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Hace unas semanas, se me acercaron dos adolescentes y me dijeron: “Somos unos hijos rotos por la separación de nuestros padres, pero lo que más nos duele es ver cómo se insultan. se desprecian y se odian y nos culpan a nosotros si no nos ponemos de su parte. Escriba algo, por favor, sobre cómo deben los padres tratar a sus hijos cuando se da algo tan doloroso como la separación; tenemos 16 y 14 años”. Sé por experiencia profesional que muchos niños y adolescentes interpretan la separación y el divorcio de sus padres como un rechazo o como un abandono. En estos momentos en los que la unidad familiar se rompe, sienten una intensa inseguridad, temor y culpabilidad. Las reacciones de agresividad. tristeza, depresión, falta de apetito, fracaso escolar, etcétera que manifiestan, son expresión del temor a ser abandonados y no queridos por sus padres. Casi siempre desean que sus progenitores vuelvan a unir sus vidas y culpan a uno o a los dos de esa separación que casi siempre consideran remediable. Sólo en los casos más graves y dramáticos, cuando uno de los cónyuges es claramente el causante de los conflictos y de hacer imposible la paz y el equilibrio familiar, y por añadidura se dan maltratos físicos y psíquicos, los hijos aceptan la separación como un mal menor, pero con mucho dolor y pena. Reconocen que así es imposible seguir por más tiempo en ese infierno diario de insultos y desprecios entre personas vacías de amor y llenas de odio. Comprendo que en esos casos extremos en los que la convivencia ha llegado a un estado tan deteriorado y lastimoso, sean los mismos hijos los que deseen la separación en esa huida a la desesperada del infierno familiar. Pero mi deber es pedir desde aquí a los matrimonios en conflicto que hagan lo imposible por intentar un acercamiento mutuo desde la sinceridad, la buena voluntad y el poco o mucho amor y capacidad de generosidad que les quede, contando con la ayuda de un buen especialista en terapia conyugal y el apoyo incondicional de familiares y amigos. Es posible aprender una forma más humana, madura, respetuosa y tolerante de convivencia entre los esposos, al descubrir que las causas de las disputas, tiranteces y conflictos son casi siempre auténticas nimiedades y bobadas, rabietas y pataletas de niños inmaduros que pretenden que su cónyuge deje de ser él mismo (o ella misma) y se convierta en dócil muñeco fabricado según sus deseos, apetencias y caprichos. Pero vayamos a esa serie de sugerencias para los padres que se encuentran en situación de separación para procurar que la ruptura de la convivencia conyugal, rompa, además de la armonía, el corazón y la vida de los hijos. Sólo hay una forma de estar seguros de que el daño psicológico de la separación será mínimo y es manteniendo conductas, modales y expresiones de mutuo respeto, aunque no sean de afecto. Jamás tratar de granjearse sólo para sí la confianza y el apoyo de los hijos a costa del abandono del otro cónyuge. Evitar a toda costa la violencia y la hostilidad entre el padre y la madre en presencia de los hijos, especialmente si todavía son niños o adolescentes. Los episodios de cólera, hostilidad y escándalo les marcan profundamente. Obligar a los hijos a tomar parte, a decantarse por uno de los progenitores es la manera más inhumana y egoísta de romper el corazón de ese ser temeroso e inseguro que no entiende cómo puede pedirle uno de sus padres que no quiera y respete al otro. Es fundamental ser respetuoso y considerado con el ex y no caer en la miseria humana y en la falta de elegancia de hablar mal y menospreciar al otro ante los demás, sobre todo si están presentes los hijos. Debe quedar claro a los hijos que el hecho de que sus padres se hayan separado, porque se hacía imposible la convivencia por incompatibilidad u otros motivos, no significa que vayan a carecer del mismo amor, atenciones y cuidados. Si los hijos asisten a una separación respetuosa y civilizada, sienten y viven el amor de sus padres, aunque sea por separado, y les ven atentos y considerados entre sí, crecerán maduros y sin traumas y los efectos de la separación o del divorcio serán siempre menos graves. En cualquier caso no serán esos «hijos rotos» que me participaban su dolor.
BERNABÉ TIERNO /
El Semanal, 28 junio 1998 |
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