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En la pasada Feria del Libro de Madrid, se me acercó un joven matrimonio navarro y me dijo:«Tenemos su último libro en el que empieza a hablar del gozo intelectual o gozo del espíritu, pero hay un valor humano que no trata, el gozo de discutir». Me acompañaron durante un rato y les prometí dar algunos consejos o sugerencias prácticas para aprender a discutir.
Seguramente olvidamos con demasiada frecuencia que una relación conyugal o de pareja es ante todo una relación entre personas y que las discusiones bien llevadas ayudan a entenderse mejor y a demostrar que estamos preparados para una convivencia familiar. Debo advertir, además, que si no hay discusiones por nada, a mi entender, puede aparecer un peligroso virus en toda relación humana, la monotonía que conduce al aburrimiento, a no tener nada que decirse, a contemplar siempre el mismo paisaje desde el mismo ángulo... y esto no es bueno. Por eso este matrimonio me decía que aprender a discutir entre personas y especialmente entre los esposos era un valor. Yo no le había colocado en un nivel tan relevante en teoría, pero en la práctica, las personas que hayan asistido a cualquier curso mío sobre aprender a vivir recordarán que no me olvido nunca de insistir en la importancia de un diálogo respetuoso, inteligente y mutuamente enriquecedor. Pero vayamos ya a esos consejos para discutir sin herir y sacar provecho de la discusión.
No acumular tensiones, rencores y malos pensamientos sobre alguien. Si no gusta o se cree que perjudica o molesta, hay que comunicarlo. Si se guarda durante un tiempo, se habrá envenenado en el interior y cuando uno explota, lo hace sin control. Observar si casi siempre se discute sobre los mismos temas y utilizando los mismos argumentos. Si esto ocurre es porque cada uno se cierra en un único argumento, no se ven las cosas desde la óptica del otro, y así es imposible avanzar y encontrar alternativas. Hay que ser empático. Cuando algo es ya irreversible, no tiene remedio, es absurdo seguir discutiendo. Se puede demostrar el enfado o disgusto y después tratar de calmarse reservando las energías para encontrar alternativas que ayuden a remediar un poco las consecuencias, los resultados negativos. Centrarse en el problema, no saltar de un tema a otro, porque se mezclan sensaciones pasadas de acontecimientos por los que se discutió en otras ocasiones. Al olvidar el tema central de la discusión, uno se enzarza en mutuas recriminaciones del pasado y sólo interesa recordar al otro sus errores y que se sienta mal consigo mismo. Es evidente que de esta manera es imposible aclararse ni encontrar soluciones a nada.
Esta actitud es frecuente entre personas que no quieren admitir sus errores y al verse acorraladas por las razones concretas y palmarias del otro, miran para otro lado, trayendo a colación cosas de anteriores discusiones que le beneficien, aunque no tengan que ver nada con el tema objeto de las discusión actual. Siempre es fundamental controlar las emociones y respirar más hondo y procurar conservar la calma cuanto más irritable, nervioso y desafiante esté nuestro interlocutor. Dejar claro que no hay la menor intención de hacer ningún daño al otro. Por eso es tan importante cuidar las palabras, el tono de voz, los gestos... No aprovechar la ocasión para hacerse el mártir y recordar al otro tus desvelos, detalles y renuncias, como si pretendieras que te dé la razón a cambio de <<lo mucho>> que te debe. Si tras una discusión acalorada, no sólo no logramos convencer a la persona inteligente que tenemos enfrente, sino que la reducimos al silencio, la dejamos sin palabras, lo más probable es que hayamos perdido a un amigo o conseguido un enemigo. Por eso, toda discusión inteligente debe quedar en tablas, sin vencedores ni vencidos y con tareas para hacer cada uno, como los estudiantes. Hay que llegar a compromisos claros en los que se fije qué hace cada uno. Terminar la discusión con una amplia sonrisa y una mirada de mutua aceptación mientras se pregunta de forma afirmativa al estrechar la mano ¿amigos? BERNABÉ TIERNO / El Semanal, 26 julio 1998 |