Desarrollo Personal

"Sufrir las consecuencias y valorar lo positivo"

 

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He comprobado que no hay nada más práctico que dejar que los hijos paguen las consecuencias de sus actos.  Hace un año, yo era una esclava de mi desordenada e irresponsable hija de 17 años.  Siguiendo el consejo de una amiga le dije:  "Desde hoy, dejo de responsabilizarme de tu habitación, lavado y planchado de ropa, etcétera, porque tú eres muy capaz".  Ella pensó que yo iba en broma, pero, al ver un día que no tenía nada limpio ni planchado, reaccionó.


Esta carta de Adela, que actuó inteligentemente, me sirve de excusa para hablar de la mejor alternativa a los castigos:  dejar que los hijos sufran las consecuencias de sus errores, irresponsabilidad, mala conducta....  No pocas veces, los padres cometemos el grave error de descargar a los hijos de tareas y responsabilidades normales y cotidianas, que pueden y deben hacer por sí mismos y sin ayuda.  Al responsabilizarnos nosotros y sacarles las castañas del fuego, sentamos un precedente y, cuando un día, siendo ya mayorcitos, pretendemos exigirles lo que por su edad y desarrollo ya deberían hacer, es demasiado tarde.

   Dejar que sufran las consecuencias de sus acciones u omisiones es una de las más eficaces medidas correctivo-educativas inteligentes, pero hay que tener buen cuidado de no utilizar palabras, gestos o actitudes ofensivas o desafiantes que provocarían al hijo, como:  "Ya te lo avisé y ahí tienes tu merecido", "Te lo has ganado a pulso"...  Porque entonces tomarían nuestra actitud como un castigo y eso hay que evitarlo a toda costa.

   ¿Qué tipo de consecuencias son las que causan un mayor efecto educativo?  Las que son verdaderamente relevantes, es decir, las que privan de algo importante al educando.  En el caso de la hija de Adela, el hecho de no tener un vestido, blusa o falda lavados y planchados y encontrarse sin nada decente para salir, es algo relevante.  Si no pone remedio ella misma y lava y plancha su ropa, el próximo día se encontrará con el mismo problema.

   Hay otra medida muy eficaz que funciona mejor que el castigo y es 'valorar lo positivo', felicitar y reconocer el esfuerzo y las buenas acciones.  Si alabamos algo muy concreto y en el momento adecuado, el niño repetirá la conducta alabada:  "Veo que no sólo te preparas el desayuno, sino que también dejas recogida la mesa.  Eres estupendo".

   Las alabanzas y el reconocimiento ante otros adultos (como abuelos, tíos o vecinos) son muy reforzantes y motivan mucho a nuestros hijos, pero, como en todo, hay que buscar el término medio porque demasiados elogios también pueden ser contraproducentes:  "Papá, no te pases que sé que no soy tan maravilloso".

Por el Dr. Bernabé Tierno - Psicólogo y psicopedagogo

 

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