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Tengo 31 años y soy la quinta de siete hermanos. Mi padre murió cuando yo tenía cuatro años y mi madre quedó marcada para toda su vida. La pobreza en que vivimos y su lucha diaria por sacarnos adelante la convirtió en una persona egoísta, llena de odio e histérica para con sus hijos, aunque a los chicos siempre los trató mejor. Jamás recuerdo haber recibido un beso, un abrazo o cualquier gesto de amor por su parte. Yo, a pesar de todo, quiero a mi madre y sé que ella me quiere. Su vida ha sido un infierno y yo no hubiera sido mejor que ella en sus circunstancias. Sé que a mi madre no le quedan muchos años y quisiera verla feliz, pero hay una barrera entre nosotras, pues aunque soy cariñosa y abierta, me resulta imposible abrazarla. ¿Cómo ayudar a este ser humano maltratado por la vida desde su infancia y sacarle del caparazón en que se encierra y que a mí me hace mantener la distancia que siempre nos separó? Antes de responder a tu pregunta, deseo felicitarte por tu capacidad de empatía y de comprensión, por saber ponerte en la situación dolorosa en que vivió tu madre y porque eres una buena hija. Tu madre guarda en su corazón la dura realidad de quedarse viuda con siete hijos, en la más absoluta pobreza. Ya sé que siempre hay tiempo para dar un beso o abrazar a un hijo, pero estoy convencido de que debió quedar tan hundida, con tanto pánico a la vida, que todas sus energías, las pocas que le quedaran, las dedicó a intentar sacaros adelante y que no os faltara lo imprescindible para comer, vestiros y formaros. Por otra parte, me dices en tu carta que la infancia de tu madre también fue durísima y lo más probable es que tampoco recibiera demasiadas muestras de cariño y de afecto de sus propios padres. Quiero decir que si no recibió amor, no ha adquirido experiencia directa de cómo dárselo a sus hijos. Cuando conocemos con cierta profundidad las circunstancias especialmente difíciles y terribles por las que han pasado algunas personas, caemos en la cuenta de lo injustos e imprudentes que somos cuando con tanta facilidad emitimos juicios y condenamos a los demás Tu madre merece compasión y comprensión y que nadie la juzgue, y menos la condene, por no haberos dado las muestras de cariño que tanto necesitabais. Nunca es tarde para casi nada y mucho menos para que una madre y sus hijos rompan cualquier barrera estúpida que les impida fundirse en un abrazo cariñoso, perdonador y de amorosa y mutua acogida. Cuanto más reflexiones acerca de la especial situación dolorosa, angustiosa y dificilísima que ha vivido tu madre durante tantos años, más fuerte crecerá en tu corazón el amor y la comprensión hacia ella y el día menos pensado, ante su mirada triste y su rostro envejecido por los años y marcado por el sufrimiento, sentirás que todo tu amor de hija se hace lava amorosa en el volcán de tu corazón y que, sin pensarlo, abrazas a tu madre y la llenas de besos y de caricias. El día que esto ocurra, que será muy pronto, habrás nacido a una nueva vida, te sentirás distinta, como si una alegría interior necesitara desbordarse y traducirse en gestos afectuosos hacia los demás. Quiero decir que sentirte plena de gozo por el abrazo, los besos y las lágrimas de tu madre te hará verlo todo como tocada y transformada por tu propia alegría desbordante. El perdón, la comprensión y el amor ennoblecen y transforman al ser humano de tal manera que aunque intente no exteriorizar su estado interior de felicidad no lo consigue. Por eso, observarás que tus amigos, conocidos y vecinos. desde ese día de abrazo y encuentro con tu madre, te dirán que te ven radiante, distante y transformada; algo especial que no sabrán explicar, pero de lo que tú sí que conocerás perfectamente la causa. Hoy quiero recordar a todas aquellas personas que viven separadas de sus seres queridos, que perdonar y abrir los brazos a un ser querido encerrado en sí mismo, inundarle de amor, quererle por sí mismo, sin condiciones, es el mejor regalo, la más noble y generosa acción que podemos llevar a cabo en su beneficio y en beneficio propio. No encuentro grandeza mayor en un corazón humano que ofrecer sin límites el perdón a otro ser humano y la acción es tanto más digna, noble y meritoria cuanto más necesitado esté el otro de amor y de perdón. Ve en busca de tu madre, abrázala con toda tu fuerza y dile que la quieres y que siempre la has querido. Que esos malos momentos de la vida se compensen desde hoy para ambas por las muestras frecuentes de mutuo amor y no descanses hasta lograr que tus hermanos hagan otro tanto. Descubriréis que no hubo en el corazón de vuestra madre ni odio, ni egoísmo, ni actitudes histéricas, sólo miedo, soledad y sufrimiento, pero por amor a vosotros. PADRES E HIJOS - BERNABÉ TIERNO - El Semanal 23.6.1996 |
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